Cada esfera de la actividad humana genera, en su práctica sociodiscursiva, tipos estables de enunciados o géneros discursivos (Bajtin, 1970).
Los géneros tienen un carácter normado. Son sus regularidades, que no impiden la variación, las que hacen posible la interacción verbal. Las claves de interpretación, los modos de organización, los estilos, las formas de abordaje de los temas, pautados por cada género, resultan indispensables para que la comunicación se realice. A su vez, tanto su estabilidad como sus modificaciones influyen potencialmente en todos los niveles de la interacción.
Bronckart (2004) destaca que los géneros como configuraciones posibles de mecanismos estructurantes de la textualidad constituyen los marcos obligados de toda producción verbal.
El análisis de los procesos de producción debe hacer intervenir tres elementos:
- El agente que debe producir un texto se encuentra en una situación de acción de lenguaje que puede definir por sus representaciones relativas al contenido temático a semiotizar así como las propiedades materiales y sociosubjetivas del contexto de su acción.
- El agente dispone también de un conocimiento personal (y parcial) del architexto de su comunidad verbal y de los géneros disponibles.
- El agente, sobre la base anterior, va a adoptar un modelo de género que le parezca pertinente teniendo en cuenta las propiedades globales de la situación y va a adaptar ese modelo a las propiedades globales de esa situación. Así, produce un nuevo texto que tendrá las huellas tanto del género elegido como del proceso de adaptación.
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